Debo reconocer que, a veces, soy bastante intolerante. Todo bien con la diversidad cultural, con el reconocimiento de las diferencias y con todo eso de la corrección política (o “political correctness” como le dicen acá) pero no me banco la gente que no te deja criticar, porque se ofende o los que siempre sienten la necesidad de agradar. Para esta gente, la ironía, el sarcasmo son insultos. No entienden que, a veces, está bueno tener un poco de humor “retorcido”.
¿A quién no le gusta hablar, aunque sea un poquito, mal de los otros? un poquiiito.
El otro día, por ejemplo, empecé a criticar a una profesora y una compañera se molestó. Peor aún, me censuró. En fin, me descargo acá.
La profesora en cuestión es una tipa jóven (de unos 35 años) que tiene una carrera bárbara. Además, es excelente dando clase y tiene un conocimiento increíblemente profundo de su materia. No obstante, tiene una actitud que no soporto y quería comentarlo.
Para empezar se cree mil y tengo la sensación de que trata en forma distinta a quienes considera sus pares y quienes considera subordinados.
Por otro lado, parece creer que nacer en este país es algo a lo que “todo el mundo” aspira… ¿no entendés, estúpida, que fuera de EEUU casi nadie te quiere?
Pero lo más terrible es que es de esas personas que dicen las cosas más horribles de la manera más dulce. Con una cara amigable y un tono de voz muy suave te dice cosas horrendas.





